​Foto: Sitio oficial de la FIFA

La Selección Argentina vivió una jornada de angustia y gloria este martes en Atlanta, donde logró superar a un Egipto aguerrido que sorprendió al mundo entero. Durante más de una hora de juego, el conjunto africano puso contra las cuerdas al equipo de Scaloni, dominando el marcador con una disciplina táctica que dejó en silencio a los miles de hinchas argentinos presentes en el estadio.

Así fue el festejo en el municipio 76, luego de la victoria

​El panorama se tornó oscuro cuando Egipto se puso 2-0 arriba, aprovechando errores defensivos y una eficacia contundente. Argentina, presa de la desesperación y la falta de puntería, parecía caminar hacia una eliminación inesperada. Incluso, la frustración llegó a su punto máximo cuando Lionel Messi desaprovechó una oportunidad clave desde el punto penal, dejando a todo un país conteniendo el aliento.

​Sin embargo, el orgullo del campeón despertó en el tramo final del encuentro. Con el apoyo incesante de su gente, Argentina comenzó a asediar el área rival, convirtiendo cada jugada en un torbellino de ataque. La insistencia tuvo su recompensa al minuto 79, cuando Cristian «Cuti» Romero conectó un cabezazo imparable que encendió la esperanza y cambió por completo la energía del compromiso.

​Solo cuatro minutos después, el capitán volvió a aparecer para confirmar que está hecho de otra madera. Lionel Messi, tras una jugada colectiva precisa, definió con categoría para igualar el marcador y desatar la locura en las tribunas. Argentina ya no era solo un equipo jugando fútbol, sino una fuerza indomable que buscaba la victoria a toda costa, acorralando a un Egipto que empezaba a sentir el desgaste físico.

​Cuando el reloj marcaba el minuto 90+2 y el alargue parecía inevitable, apareció Enzo Fernández con un zapatazo agónico que selló el 3-2 definitivo. El pitazo final confirmó el pase a cuartos de final, dejando claro que, para este plantel, ninguna adversidad es definitiva. Argentina sigue viva en el sueño mundialista, demostrando una vez más que, hasta el último segundo, nunca hay que darla por vencida.